Nunca nos fuimos

Melena que va huyendo del peluquero, un sombrero grandote en la cabeza, una pluma muy larga en el sombrero y saco hasta la corva, de una pieza. Van en turno después los pantalones: tienen en la cintura pliegues miles, de cadera chamorro dos balones y en la parte de abajo dos fusiles…

“Los Pachucos”, Servando Cárdenas. Corpus Christi, Texas, 1945.»

Nunca nos fuimos surge de una investigación hemerográfica, visual y oral del fotógrafo Alfredo Díaz Anzures. Su interés se centra en el origen del pachuco en Juárez y su vínculo con la cultura fronteriza, en el contexto de las migraciones de México a Estados Unidos durante el Programa Bracero (1942–1964), que permitió la movilidad temporal de trabajadores ante la escasez laboral en la Segunda Guerra Mundial. A partir de relatos y archivos, Díaz observa que la cultura pachuca antecede incluso al término que la nombra. Según el relato popular, entre los años treinta y cuarenta se intensificó el cruce fronterizo en Juárez. Muchos iban a El Paso, Texas, para trabajar o comprar en la tienda de zapatos Shoe Co.. Ante la pregunta “¿A dónde va?”, respondían: “Pa la Shoe Co.”. Con el tiempo, la expresión derivó en el apodo “El Chuco” para nombrar a El Paso. Este antecedente refiere la génesis de la contracultura de los pachucos y sus compañeras, las jainas: hombres y mujeres jóvenes que se distinguieron no sólo por su origen fronterizo —de Tijuana, San Diego y Los Ángeles a El Paso, Chihuahua y Ciudad Juárez—, sino por una estética y un lenguaje desafiantes: chuco, ruca, jaina, bato, carnal, ese, jefa, jefe, simón. Un universo de donde emergieron también las culturas chicana y chola. Trajes bombachos, zoot suit, inspirados en los músicos de jazz de Nueva Orleans y Chicago de finales de los años veinte y treinta. Se acompaña de zapatos bicolores fabricados en la misma Shoe Co., sombreros de ala ancha con plumas largas —posible alusión a pueblos originarios del norte o a imaginarios mexicas— y una cadena de acero que cae en arco de la cintura a la valenciana del pantalón. Todo configura una identidad visual poderosa, un “dandismo desafiante” (Carlos Monsiváis dixit) que persiste a ambos lados de la frontera. Lejos de ocultar la discriminación que enfrentaron —en Estados Unidos y también en México—, los pachucos construyeron una identidad propia. Octavio Paz interpretó esa experiencia desde la soledad como origen. En otra línea, para José Agustín se trató de la primera contracultura mexicana: “lo protagonizó gente joven y propuso un atuendo, caló, música y baile que lo identificaba. Repudió al sistema porque éste a su vez lo rechazaba…” Muchos de esos pachucos, jainas, cholos y chicanos, fueron deportados y regresaron a Juárez, donde convivieron y conviven con generaciones nuevas: binacionales y fronterizos que siguen bailando entre dos mundos. Hoy, en medio del abandono urbano, en el Centro Histórico de Juárez se congregan cada domingo como ritual de pertenencia. En Nunca nos fuimos Alfredo Díaz Anzures retrata esta cultura que resiste y se muestra con orgullo. Este trabajo fotográfico se plantea como un homenaje visual a esa comunidad firme, que no se quiebra ni se raja pese a la tensión social. En un entorno marcado por el deterioro, donde las ruinas parecen sostenidas sólo por la emotiva fuerza de la memoria, los pachucos de Juárez encarnan una forma de resistencia contra el olvido. Su baile, su estilo y su presencia son un acto de afirmación: siguen, porque, en realidad, nunca se fueron.

Califas

La sonrics

Mariposa Loba Padilla

Las madrinas

Martha y califas

Pachuco Elegante

July

El Consolo

Armando Pineada

El black Jack

Lupita y el bary

Sergio

Pchuquin

El Juárez

Jimmy y Janet

Roxie y Willy

El gallo y si jaina

El indio

Malekifa y piolin

Violeta

Hugo y Aracely

Mateo

Los Chaires y Sofy

Indio y Paz

Nancy y familia

Los Pérez

Richy

Malefica y su bicla

Las carnalas

La china

La Chata

Muppet